24 enero, 2010

Cosas de la vida

Yo siempre pensé que "el que busca, encuentra", pero descubrí que eso es falso... Las cosas siempre llegan solas. Aunque no las queramos, o por el contrario las deseemos, pero llegan sin avisar.

Vamos a poner un ejemplo... Digamos que alguien lleva una buena vida, llena de amigos y personas que lo quieren, pero es una vida que siempre sigue la misma rutina, a la que le hace falta algo de emoción, o simplemente ese "no se qué"... Y entonces, en uno de esos dias que parece que todo va a ser igual, en una simple reunión con los amigos, aparece esa persona. Alguien que no esperabas encontrar, pero en el momento que lo encuentras, te das cuenta de que era exactamente lo que estabas buscando.

Gracias por aparecer en mi vida... Cuando menos lo esperaba, pero cuando más lo necesitaba.

28 septiembre, 2009

La fe es aprendida

Quiero que alguien me de una razón para creer.

Tuve una conversación con una persona en estos días, y me di cuenta de que no sé por qué "creo en Dios"... Porque, si NUNCA nadie me hubiese hablado de Dios, de esa supuesta fuerza divina y la fe ciega que muchas personas dicen que sienten, ¿aún seguiría creyendo? creo que la respuesta es obvia: NO. La mayoria de las personas cree en Dios porque le enseñaron a hacerlo, desde pequeños les dijeron que hay una fuerza sobrenatural a la que le tienes que rezar y supuestamente creadora del universo. Nos lavan el cerebro con historias trágicas sobre pecadores, virgenes y santos. Se aprovechan de la vulnerabilidad de muchas personas haciendolas formar parte de algo llamado "Iglesia" y asi les venden su religión, sus creencias... ¿Es esto realmente necesario?, ¿somos tan débiles que necesitamos creer en algo más poderoso, y no solo en nosotros mismos? Estamos acostumbrados a pedir la solución a nuestros problemas a algo intangible, en vez de buscar la respuesta en nuestro interior y usar nuestra fe en nosotros mismos. Patético.

"En este mundo hay más religiones que niños felices..." (Ricardo Arjona)
...Y es justo cuando llegas a este punto, que te das cuenta que para seguir adelante, tienes que retroceder...

29 marzo, 2009

Soy Libre.

26 marzo, 2009

Uno no sabe lo que tiene
hasta que está
a punto de perderlo.

25 marzo, 2009

La Botella (Parte II)

Acá está la segunda parte de "La Botella" una historia que empecé a publicar en febrero, ¡disculpen la tardanza entre una parte y otra! Pero no había tenido tiempo de redactarla como era... En todo caso, aqui está la primera parte. Disfruten...


Mellisa estaba petrificada, lo único que pasaba por su mente era «esto tiene que ser una broma», pero no lo era. Se levantó lentamente y caminó hasta su carro, todavía pensando en qué debía hacer. Todo era muy confuso, y unos segundos antes de subir a su vehículo Mellisa se dio cuenta de que sólo una cosa era segura: tenía que encontrar a Lorena Herrera. Y con esta idea en su cabeza, condujo de vuelta hasta su casa.

Estaba en una playa donde no había nadie, las gotas de lluvia se estrellaban contra su piel, hacía mucho frío. Mellisa estaba desorientada, no sabía cómo había llegado ahí. Caminaba despacio por la orilla de la playa con las olas rozando sus talones, cuando se empezaron a oír unas voces desconocidas a lo lejos. No podía entender lo que decían. Poco a poco, las voces se fueron aclarando, y lo que era un distorsionado sonido se convirtió en gritos “…mamá, ¿dónde estás?, mamá ¡ayúdame! No me dejes…”. Mellisa se percató de que no muy lejos de ella, había una pequeña niña, y se dio cuenta que era ella la que gritaba. Intentó caminar hacia la niña para ayudarla, pero sus pies se mantuvieron inmóviles. De repente se percató de que ninguna parte de su cuerpo le respondía. Esperó unos segundos y mirando hacia la niña –que aún gritaba- preguntó: “Lorena ¿eres tú?”

Abrió los ojos. La luz del sol se colaba por la ventana de su habitación, entrecerró los ojos cuando éstos se toparon con los primeros rayos de sol. Fue un sueño. Pensó Mellisa, y se levantó de su cama para comenzar un nuevo día: el primer día de su búsqueda.

Mellisa tenía un amigo con el cual había estudiado el bachillerato que era policía al cual había visto hace algunos meses, sin embargo ellos no mantenían contacto, aunque en el fondo Mellisa sabía que él siempre se había sentido atraído hacia ella, aunque el sentimiento no fuese recíproco. Pero esa tarde ella lo llamó y se mostró simpática e interesada en volver a formar relaciones con él.

-Aló, ¿Pablo? Es Mellisa López. ¿Me recuerdas? –Dijo Mellisa por teléfono intentando parecer entusiasmada.

-¿Mellisa? –Pasaron un par de segundos mientras Pablo hacía memoria –Ah, claro, ¡por supuesto que te recuerdo! ¿Cómo estás? ¡Vaya! ¡Qué sorpresa tu llamada!-Respondió finalmente Pablo.

-Estoy muy bien, gracias. ¿y por allá cómo están las cosas? –Dijo ella tratando de apresurarse para llegar al verdadero motivo de la llamada.

- Bien, bueno… ¡No tengo de qué quejarme!. Cuéntame, ¿ya estás trabajando? –Preguntó Pablo con un extraño interés.

-No, aún no. Estoy resolviendo algunos asuntos con la universidad primero. ¿Y tu trabajo?, ¿cómo te va en la estación? –Preguntó entusiasmada, y ésta vez la emoción era real.

-Muy bien, me ascendieron. Ahora soy el jefe de todas las patrullas de la zona Noroeste de la ciudad. Es un gran cargo, estoy realmente feliz de tenerlo. –Contestó Pablo de manera presuntuosa.

-Genial. Pablo… –Mellisa esperó unos instantes para hacer la pregunta por la cual estaba esperando- necesito un favor. Creo que eres el único que me puede ayudar. Ayúdame a rastrear a una persona. –dijo finalmente Mellisa.

-¿Qué? ¿Rastrear? Está difícil, no sé si pueda hacerlo, no me lo permiten si no es para investigaciones oficiales. Lo siento pero…

-¡Por favor! Te prometo que te recompensaré por esto. De verdad es urgente, y puedes estar seguro de que si pasa algo, me hago totalmente responsable, no te voy a meter en problemas. –Dijo Mellisa con un tono sobornador.

-OK. Está bien Mellisa. Voy a intentarlo pero de todas maneras no te prometo que encuentres a quien buscas. Y dime, ¿de quién se trata? –dijo Pablo luego de un leve suspiro.

-Gracias Pablo, GRACIAS. Se llama Lorena Herrera. Sólo necesito saber dónde vive, o por lo menos su teléfono. ¿En cuanto tiempo crees poder encontrarla? –dijo Mellisa con voz esperanzada.

-No lo sé, eso depende de la persona. En un rato voy a la oficina e ingreso los datos. Si tenemos suerte puede que hoy mismo la encuentre, pero hay casos en que las búsquedas tardan días, e incluso semanas. –concluyó Pablo.

-Perfecto. Me avisas por favor. Y de nuevo gracias Pablo. –dijo Mellisa

-OK. Yo te aviso. Adiós. –dijo Pablo y cortó la llamada antes de que Mellisa pudiese decir nada.

El resto de la tarde se hizo larga, Mellisa luchaba contra el aburrimiento y las ganas de tener alguna noticia sobre la tal Lorena Herrera. Empezó a imaginarse qué le debía decir cuando hablara con ella. Tu madre dejó una carta… La encontré por casualidad en la playa. ¿La puedes perdonar? Todo sonaba absurdo. No tenía idea de qué decirle ni qué hacer, ¿y si Lorena no le creía? Era una opción bastante probable. No todos los días llega una desconocida a decirte que tu madre murió y que tienes que perdonarle por haberte dejado sola hace años. Estas cosas simplemente no pasan. De cualquier manera, ya estaba decidida a hablar con Lorena, después de todo, por alguna razón fue Mellisa y no otra persona quien encontró esa carta. Ella siempre había sido una de esas personas que creían que todo pasaba por algo, para ella esto era una obra del destino, así que de cualquier forma iba a cumplir lo que aquella mujer le había pedido.

Las manecillas del reloj seguían dando vueltas, pero nadie llamaba. Llegó la noche y Mellisa cansada de tanto esperar, se fue a dormir.

Estaba nuevamente en la playa, pero ésta vez no estaba vacía. Habían muchas personas a su alrededor, todas estaban corriendo de un lado a otro, y en sus rostros sólo había una cosa: pánico. Los labios de las personas se movían, se notaba que estaban gritando, pero Mellisa no podía escuchar nada. De pronto algo captó su atención: el agua. Ésta empezaba a elevarse, estaba muy movida. Alzó la cabeza: el cielo estaba gris, y de vez en cuando se dejaban observar los relámpagos que daban un mayor pavor a la escena. Y allí, entre la inquieta multitud, estaba la niña. Pero ésta vez no parecía asustada. Estaba petrificada observando a los demás, sin hacer ningún movimiento. Luego de varios segundos, la niña volteó su mirada hacia Mellisa y desapareció.

Mellisa despertó sobresaltada. Normalmente no recordaba lo que había soñado la noche anterior, pero ahora iban dos seguidas recordando. No le prestó atención a ese detalle, y se dispuso a comenzar un nuevo día. Realizó la rutina diaria y salió desde temprano a hacer algunas cosas que tenía pendientes. Estuvo en su casa de nuevo a eso de las 6 de la tarde. Tardó exactamente 9 minutos en buscar la comida congelada en la nevera, calentarla en el microondas, y servirla en la mesa con su respectiva bebida. Su cuerpo estaba allí en la cocina de su casa, pero su mente divagaba por muchos sitios: la playa, la estación de policías, la casa de Lorena…

Sonó el teléfono. Mellisa se apresuró a sacarlo de su bolso, y antes de abrirlo para contestar observó el número en la pantalla. Era él.

-Aló? –Dijo Mellisa al teléfono.

-Mellisa, es Pablo. No puedo hablar mucho, se me presentó un problema. Conseguí la dirección que me pediste. Te la voy a mandar por un mensaje de texto. –Dijo Pablo con un tono que indicaba nerviosismo y apuro.

-Ok Pablo, ¡muchísimas gracias! Pero ¿qué te pasa? ¿Cuál es el problema? –dijo Mellisa.

-Hablamos después Mellisa, necesito resolver algo. Por favor no me llames durante los próximos días. Espero que te sirva la dirección. Adiós. –Respondió Pablo, e inmediatamente cortó la llamada.

Mellisa quedó extrañada. ¿Cuál sería el problema de Pablo?, ¿por qué había colgado de esa forma? Ya tendría tiempo para preocuparse por eso. En estos momentos lo único que pasaba por su mente era Lorena Herrera. Aún no había apartado el teléfono de su cara cuando volvió a sonar, ésta vez se trataba de un mensaje de texto. Alejó el teléfono de su cara y lo puso de frente para poder leer el mensaje con la dirección de Lorena. No es tan lejos de aquí. Pensó Mellisa, y decidió que al día siguiente iría a visitarla, a pesar de que no tenía planeado aún lo que debía decirle. Pero eso no importaba, quería salir de ese problema lo más rápido posible.

Se hacía tarde, Mellisa se quedó pasando los canales del televisor, ya que no había nada bueno que ver, hasta que dieron las 11 de la noche, cuando finalmente, y después de un estresante día, se fue a dormir.


Que me sometan, que me traten mal, que me parta un rayo, que me quiten mi libertad, que me priven de mis derechos, que me maten.
...Pero que
me quedes tú.